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Vino en cumplimiento de la profecía
Parte 2 de 2
Pastor Dr. John C. Lawrenz
Presentado originalmente en un simposio en el Dr. Martin Luther College, 1993 · Parte 1 · Parte 2
Creemos en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor. El Dios de la profecía es la deidad que se define a sí misma, el YO SOY EL QUE SOY. Como tal, se proclama: «¡Jehová [heb. Yahweh]! ¡Jehová! fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad; que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado, y que de ningún modo tendrá por inocente al malvado» (Ex 34:6-7). El Antiguo Testamento lo confirma. El perdón, la vida y la salvación aparecen en Israel por pura gracia, aunque el fracaso y la apostasía estaban por todas partes. Los herederos patriarcales recibieron su herencia de manera inesperada. Isaac nació de padres que ya habían pasado la edad de engendrar (He 11:11). Jacob era el menor de dos gemelos (Gn 25:23). Judá era el cuarto hijo (Gn 29:35) y un libertino (Gn 38). El heredero de Judá fue fruto de una unión incestuosa (Gn 38:30). En un episodio histórico tras otro vemos el principio soli Deo gloria. La liberación de Israel de Egipto siguió un plan en el que solo Dios creía. Israel murmuró, Moisés se dio por vencido, pero Dios se mantuvo firme (Ex 5). De modo semejante, la primera gran victoria de Josué en Canaán, la toma de Jericó, siguió un plan de batalla que desafiaba la sabiduría militar convencional (Jos 6). Requería una confianza irracional. Israel debía derribar a gritos los muros de la ciudad después de rodearla en silencio una vez al día durante seis días y siete veces el séptimo día. Y funcionó. El mérito de la victoria de Israel sobre Jericó correspondió al Señor en un 100 %. Otras «victorias arrancadas de las fauces de la derrota», como la derrota de Senaquerib en los días del rey Ezequías (2 R 19), anticipan los actos universales de gracia y de juicio que prefiguran la primera y la segunda venida de nuestro Señor Jesucristo. La salvación solo por gracia es el tema de las cartas de Pablo, especialmente Romanos y Gálatas.
El juicio fue la suerte de Israel cuando Israel hizo a un lado la gracia. Pensemos en el ejército de Israel en Horma. El Señor había condenado a su pueblo a cuarenta años de peregrinación porque se negó a luchar del lado del Señor para conquistar Canaán. Cuando cambiaron de parecer, fueron duramente derrotados (Nm 14:44-45). Pensemos en el uso blasfemo del arca sagrada como amuleto de la suerte por parte de los hijos de Elí (1 S 4). Condujo a la destrucción del primer santuario en Silo (Jer 7:12-14). Pensemos en cómo la apóstata Judá consideraba inviolables a Jerusalén y el Templo en los días de Jeremías (Jer 4:10; 8:11) y en cómo Ezequiel, en una visión, vio la gloria de Dios apartarse de la casa de Dios (9:3; 10:18; 11:23).
Creemos en Jesucristo… que fue concebido por obra del Espíritu Santo, nació de la virgen María. El nacimiento apareció como la puerta de la salvación en el jardín del Edén. Allí Dios prometió poner fin a la tiranía del pecado y del autor del pecado por medio de la simiente de una mujer. El primer Evangelio, Génesis 3:15, es notable. El Señor expresó su mensaje en un lenguaje que se ajustaba perfectamente al mundo de Adán y Eva. Si el Señor hubiera usado términos como Belén, Calvario, el sepulcro de José, o incluso Jesús, estas palabras habrían sido meros sonidos para Adán y Eva. En cambio, la mordedura de una serpiente y el aplastar la cabeza de una serpiente eran experiencias a las que Adán se enfrentaría en un mundo caído. Adán y Eva verían el poder letal, aunque no necesariamente mortal, del veneno. Al mismo tiempo, aprendieron cómo un golpe aplastante en la cabeza tenía el poder de detener en seco a una serpiente en pleno reptar. Así, Génesis 3:15 se asemeja a gran parte de la profecía del Antiguo Testamento. Dios usó términos y conceptos que la gente podía entender en su época, sabiendo muy bien que los ojos de la fe verían la realidad cuando finalmente llegara.
Durante generaciones, los nacimientos fueron una prueba tangible de la promesa de Dios. Por medio del descendiente de Abraham serían benditas todas las naciones de la tierra (Gn 12:3). Dios le dijo a David que un descendiente de su linaje sustituiría el deseo de David de edificar una casa de culto para el Señor (2 S 7:11-16). El Vástago de Isaías (11:1), surgido del tronco muerto de Isaí, en Judá, era el niño admirable de Isaías (9:6-7) y el hijo de la virgen que él vio de lejos (7:14). Miqueas dijo que ese niño sería un bebé en Belén (5:2). Por su importancia, el nacimiento era la bendición suprema de una mujer. Por el contrario, la esterilidad era una cruz que había que llevar. Con el nacimiento llegaba la esperanza de que el antídoto contra la muerte estaba cerca. El hilo de oro que recorre todo el Antiguo Testamento es que Dios, desde la eternidad, concebiría un Hijo para salvar a la humanidad. Eva lo creyó. Isaías lo prometió. María lo experimentó.
Incluso el Tabernáculo y su sucesor, el Templo, proclamaban la encarnación. Dios está presente en todas partes, como declaró Salomón en su oración de dedicación (1 R 8:27). Sin embargo, Dios dijo a su pueblo que también habría un lugar concreto, designado por él, en el que revelaría su nombre (Dt 12:5). El Tabernáculo, una tienda, cumplió esta función desde los días de Moisés hasta la muerte de Elí. La tienda había estado vinculada a la promesa de Dios desde el diluvio. Entonces Noé había escudriñado proféticamente el futuro. Vio la bendición de Dios morando en las tiendas de Sem, bajo cuya sombra las demás ramas de la humanidad hallarían bendición (Gn 9:27).
El santuario, desde Salomón hasta Cristo, fue un edificio de mampostería: el Templo de Jerusalén. Ya fuera una tienda móvil o un edificio fijo, el santuario tenía anexo un atrio para el lavamiento y el sacrificio. Como parte de la plena revelación de su gracia en el Nuevo Testamento, Jesús instituyó sacramentos, uno de lavamiento y el otro de su cuerpo y su sangre. Jesús comparó su cuerpo con el santuario (Jn 2:19-21), y los judíos lo acusaron de amenazar con destruir el Templo de Jerusalén (Mr 14:58). En su primer capítulo, el apóstol Juan habla del Verbo que «plantó su tienda» por un tiempo entre su pueblo (Jn 1:14). El rasgarse del velo del Templo a la muerte de Jesús significó el fin del santuario terrenal como representación de la morada de Dios (compárese Mt 27:51 y He 10:20).
Incluso podemos considerar que el mobiliario del santuario está cargado de significado. El Lugar Santo, dentro del santuario, tenía un candelero y una mesa para el pan. Jesús se refirió a sí mismo como el pan de vida (Jn 6:31-35) y la luz del mundo (Jn 8:12; 9:5). El arca del pacto, en el Lugar Santísimo, contenía tres objetos: el maná, las dos tablas de piedra y la vara de Aarón (He 9:4). La urna del maná recuerda el cuidado providencial de Dios en el desierto. En las tablas de piedra estaba inscrita la Palabra de Dios, dada por Dios a su profeta Moisés. La vara de Aarón estaba allí porque Dios la había usado para confirmar la legitimidad de Aarón como el escogido para ofrecer sacrificios por el pecado. Jesús es el Cristo, el «Ungido». Como tal, él es el Rey providente, la Palabra profética y Aquel que ofreció el sacrificio satisfactorio como perfecto Sumo Sacerdote de la humanidad. Era sobre la cubierta del arca, el propiciatorio, donde se rociaba la sangre de la expiación. Por medio de la sangre de Jesús, Dios y los pecadores son reconciliados (Ro 3:25; 5:10).
Creemos en Jesucristo… que… padeció bajo el poder de Poncio Pilatos. Nada en la profecía se compara con lo que el Espíritu Santo reveló a Israel acerca de la pasión de Cristo. Los Salmos 41 y 55 hablan de aquel que lo traicionó. Isaías 53 describe la profundidad de la humillación de Cristo en la muerte. El Salmo 22 nos da las mismas palabras que Jesús pronunció cuando sufría las agonías del infierno en la cruz.
A estas profecías directas debe añadirse la rica imaginería profética de los sacrificios. Cada cordero, macho cabrío o becerro que derramaba su sangre anticipaba el sacrificio de Jesús. En el ritual sacrificial del Antiguo Testamento se prescribían varios actos. La ofrenda debía llevarse a un lugar designado por Dios. Mediante la imposición de manos se convertía en sustituto vicario. Un sacrificio requería la muerte. Destacaba el esparcimiento de la sangre para la expiación. Una parte era consumida por el fuego. El significado de estos actos es importante. Jesús, y solo Jesús, es el sacrificio escogido por Dios. Él es nuestro sustituto. Nada menos que su muerte podía bastar como pago por los pecados. Su sangre nos cubre. Pablo dice que Jesús es aquel «a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre» (Ro 3:25), y que «Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante» (Ef 5:2).
Los sacrificios de sangre del Antiguo Testamento no pagaban realmente el pecado. Se ofrecían por pecados involuntarios, cometidos por creyentes en un momento de debilidad (Lv 4:1). Los presentaban creyentes que necesitaban la seguridad de que sus pecados de debilidad no los separarían de Dios ni de la congregación de Israel.
Los cuatro sacrificios de sangre se tratan en Levítico, capítulos 1 al 7. Las ofrendas sacrificiales solían presentarse en pares. La ofrenda por el pecado reconocía que un pecado concreto amenazaba la relación entre el pecador y Dios. Por lo general iba acompañada de un holocausto. Al quemarse por completo, el holocausto proclamaba el perdón total ofrecido por Dios. La ofrenda por la culpa se presentaba cuando una persona reconocía que había pecado contra su prójimo. Por lo general se combinaba con una ofrenda de paz, parte de la cual se consumía en el altar y parte se compartía en una comida de reconciliación. Cada cordero, macho cabrío o becerro que derramaba su sangre anticipaba el sacrificio de Jesús. El gran Día de la Expiación se cumplió cuando Jesús roció su santa y preciosa sangre para satisfacer, una vez para siempre, la justicia de un Dios santo que deseaba declarar a la vez su amor justificador. «Somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre» (He 10:10).
Creemos en Jesucristo… que… descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos, y está sentado a la diestra de Dios Padre todopoderoso, y desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos. La exaltación de Jesús, quien voluntariamente había entregado todo para salvar a la humanidad, está ampliamente prefigurada en los profetas. Casi sin excepción predicen un vuelco en los postreros días, algunos con un lenguaje sencillo y directo, otros en visiones espectaculares. Un Israel humillado será restaurado. Los huesos secos vivirán (Ez 37). Las guerras cesarán (Is 2:4; Mi 3:4). La muerte perderá su aguijón (Os 13:14, citado en 1 Co 15:55). La cautividad será llevada cautiva (Sal 68:18, citado en Ef 4:8). El Señor subirá a lo alto (Sal 68:18; Hch 1:11). Dios reinará en medio de su pueblo (Zac 9:9-13; Mt 21:5). Los que pertenecen al Señor hallarán descanso (Jer 50:34; Mt 11:28).
El recorrido anterior por la profecía y los temas proféticos es solo eso, un recorrido, pero da una idea de cuán ampliamente se predice y se prefigura al Señor Jesucristo. Algunos de los elementos mencionados son profecías que el Nuevo Testamento identifica como tales. Otros no. A estos últimos se dedican los párrafos siguientes. ¿Hasta dónde puede llegar un intérprete al ver a Cristo en el Antiguo Testamento?
Dios dio a Israel una lección completa sobre el descanso. En los Diez Mandamientos estaba incluido el mandato divino de descansar el séptimo día (Ex 20:8-11; Dt 5:12-15). El séptimo año era un año de descanso para los campos, los huertos y las viñas (Lv 25:1-7). Era también un tiempo para liberar a los esclavos y cancelar las deudas (Ex 21:2; Dt 15:1-15). En el año que seguía a cada séptimo año sabático, es decir, en el año cincuenta, las tierras ancestrales volvían a sus dueños (Lv 25:13). La palabra «sábado» significa descanso. Jesús cumple el sábado, según la carta a los Hebreos (4:1-13), mediante el don de la vida eterna.
Pero ¿qué hay del descanso en el séptimo mes? ¿Es legítimo ver en las fiestas del séptimo mes el mismo descanso del que habla la carta a los Hebreos?
Nuestro método será partir de lo que sabemos para llegar a una respuesta a nuestra pregunta. Comenzamos con la Pascua, la gran fiesta del primer mes. El Nuevo Testamento trata la fiesta de la Pascua con cierto detalle como profecía cumplida. Pablo identificó a Jesús como el cordero pascual sacrificado (1 Co 5:7). El apóstol Juan señala que la muerte de Jesús ocurrió en la Pascua (Jn 13:1). En dos días consecutivos, Juan el Bautista reconoció a Jesús como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Jn 1:29, 36). Con palabras que evocan la descripción del cordero pascual en Éxodo 12:5, Pedro dijo: «Fuisteis rescatados… con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación» (1 P 1:18-19). Recordando la ofrenda mecida de las primicias de la cosecha de grano delante del Señor el día siguiente al sábado posterior a la Pascua (Lv 23:9-14), Pablo llama a Jesús «primicias de los que durmieron» (1 Co 15:20). Pablo anticipa que la resurrección de Cristo capacitará a los que son suyos para resucitar también (1 Co 15:23). Además, Jesús celebró la Pascua con sus discípulos el Jueves Santo de un modo que solo puede entenderse como cumplimiento. Jesús consagró el pan y el vino de la cena pascual para que sirvieran como prendas de un nuevo pacto. Estos alimentos pascuales serían los signos externos en, con y bajo los cuales los creyentes recibirían el cuerpo y la sangre ofrecidos para la remisión del pecado de la humanidad. La Pascua era, además, una fiesta de victoria. El sacrificio pascual en Egipto había alejado al ángel de la muerte. Señalaba la liberación de la esclavitud. La muerte de Jesús como el sacrificio pascual cumplido anticipaba la derrota de la muerte al tercer día. La resurrección de Cristo hizo posible la declaración divina de libertad del pecado. Él es aquel «el cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación» (Ro 4:25).
La Pascua era la primera de las tres fiestas de peregrinación que exigían que todo varón adulto de Israel se presentara delante del Señor (Ex 23:14-17). Era tan importante que Dios mandó a los padres hebreos que instruyeran a sus hijos en su significado (Ex 12:26-27). Cada año, los padres contaban a sus hijos cómo Dios había sacado a Moisés y a Israel de la esclavitud en Egipto con mano poderosa y brazo extendido. Jesús, Juan el Bautista y Pablo aprendieron bien estas lecciones de niños. También aprendieron acerca de la fiesta de peregrinación que, cincuenta días después de la Pascua, marcaba el fin de la cosecha anual de grano (Lv 23:15-22; Nm 28:26-29) y recordaba la entrega de los Diez Mandamientos en el monte Sinaí.12 Los apóstoles celebraron su cumplimiento siete semanas después de la muerte y resurrección de Jesús. En aquel trascendental día de Pentecostés, el Espíritu Santo derramó su poder sobre un pueblo de Dios renacido: no un pueblo bajo la ley del Antiguo Testamento, sino un nuevo Israel liberado por el evangelio.
La Escritura apostólica enseña que la Pascua y Pentecostés se cumplieron en los trascendentales acontecimientos que llevaron la primera venida de Cristo a su triunfal conclusión. Pero ¿qué hay de la tercera fiesta de peregrinación, la de los Tabernáculos, que caía a mediados del séptimo mes del año judío del Antiguo Testamento? ¿Qué hay de esta celebración de una semana, conocida en tiempos de Jesús como «la gran fiesta»?13 ¿Y qué hay del día santo con que comenzaba el séptimo mes, la fiesta de las Trompetas? Ninguno de estos días se explica expresamente en el contexto del cumplimiento, aunque el Día de la Expiación, que caía entre ambos en el séptimo mes, ciertamente sí.
¿Qué eran estas fiestas del séptimo mes en su contexto veterotestamentario? La fiesta de las Trompetas era la principal fiesta de luna nueva del año. Daba comienzo al séptimo mes. En ella los sacerdotes tocaban sus trompetas (Lv 23:23-25; Nm 29:1-6). El Día de la Expiación, diez días después, era un día de ayuno y de aflicción para el pueblo (Lv 16:29; 23:27-32). En ese día, el sumo sacerdote judío se quitaba sus hermosas vestiduras sacerdotales y entraba en el Lugar Santísimo con la sangre de un sacrificio para hacer expiación por sus propios pecados y por los de Israel (Lv 16; 23:26-32). En cambio, la fiesta de los Tabernáculos era una semana de celebración que comenzaba con la luna llena del séptimo mes. Marcaba la recolección de los frutos del verano, que habían madurado a pesar de la falta de lluvia durante los seis meses anteriores. La fiesta de los Tabernáculos era un tiempo para salir de la casa familiar y vivir en refugios provisionales. Estas moradas improvisadas recordaban los refugios provisionales que Israel usó durante los cuarenta años de peregrinación por el desierto que precedieron a su entrada en la Tierra Prometida (Lv 23:33-43). La fiesta de los Tabernáculos era el momento en que los reyes del Antiguo Testamento leían la Ley de Moisés y dedicaban cosas nuevas (2 Cr 5:3; Neh 8:14-18). El profeta Zacarías cierra su visión del futuro con personas de todas las naciones que acuden a Jerusalén para celebrar la fiesta de los Tabernáculos (14:16-21).
En el Nuevo Testamento se exponen verdades que recuerdan las fiestas del séptimo mes, aunque ninguna de ellas establece expresamente la conexión. Nuestra herencia prometida está en los cielos (1 P 1:3-4). Se nos dice que las buenas obras que hacemos en fe a lo largo del camino hacia nuestra «tierra prometida» nos seguirán. En el cielo disfrutaremos de los frutos de nuestras labores motivadas por Cristo. Jesús habla de un fruto que «permanezca» (Jn 15:16). Este pensamiento tiene eco en el Apocalipsis. Allí Juan nos dice que las obras de los santos los siguen a la eternidad (14:13). Pero recibiremos nuestra herencia prometida solo si nos negamos a nosotros mismos y a lo que hemos hecho (Mt 16:24; Mr 8:34; Lc 9:23) y confiamos únicamente en la sangre expiatoria de Jesús (1 Jn 2:2; 4:10; también Ro 3:25; He 2:17). Las palabras que pronunciarán los santos en el día final no serán de autocomplacencia (Mt 25:37-39). La esperanza de los santos será la sangre derramada por Jesús. Esta sangre la presenta al Padre en su lugar santísimo aquel que es a la vez sacerdote y sacrificio (He 9:12, 24). El escritor de Hebreos indica que la expiación de Cristo se realizó en su primera venida, y luego traslada el efecto de este acto expiatorio al juicio final: «De la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio, así también Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan» (9:27-28). El juicio justificador irá precedido del sonido de trompetas (1 Co 15:52; 1 Ts 4:16) y seguido de un tiempo de celebración eterna. Cuando Cristo vuelva para juzgar a los vivos y a los muertos, dará inicio a una serie de acontecimientos que traerán descanso a quienes en vida creyeron en el poder de su muerte y resurrección. Como Rey de reyes, dará sentido a toda la historia humana. En aquel día dará nueva forma a los cielos y a la tierra y a todo lo que hay en ellos.
¿No puede decirse que los días santos del séptimo mes del calendario del Antiguo Testamento son tan proféticos como la Pascua y Pentecostés? ¡Por supuesto que sí! Las fiestas del séptimo mes anticipan el descanso perfecto que los creyentes esperan en la segunda venida de Cristo. Lo hacen del mismo modo en que la Pascua y Pentecostés cumplieron en su momento los acontecimientos anticipados en la revelación profética con respecto a su primera venida. Dios usó los tiempos que enmarcaban el año agrícola en Canaán para recordar a su pueblo sus actos de amor en el pasado. Esto lo sabemos. De manera paralela, Dios dio forma a las cosechas de primavera y de otoño para preparar a su pueblo del Antiguo Testamento para su glorioso futuro en Cristo. Al desarrollar el significado de las tres fiestas del séptimo mes, no se ha trastocado ninguna Escritura. La Escritura no ha sido quebrantada.
Si se procede con cuidado, queda abierto el camino para que nos saciemos de la plenitud de Cristo en el Antiguo Testamento. Al mismo tiempo, nuestro entusiasmo debe moderarse sabiendo que la Iglesia cristiana ha sufrido violencia como consecuencia de una interpretación descuidada.
La Iglesia oriental recibió una gran influencia del eclesiástico del siglo III Orígenes y de la escuela de interpretación centrada en Alejandría, Egipto. Orígenes hizo que la Escritura se ajustara a las opiniones eruditas de su época. Puede considerarse el padre de todos los intentos modernos de obligar a la Escritura a conformarse a la sabiduría humana. A Orígenes le escandalizaba la Escritura cuando partes de ella describían la vida tal como es, con todas sus imperfecciones. No tenía paciencia con las aparentes contradicciones del texto. Ni el realismo vulgar ni la narración descuidada eran dignos de la mente de Dios. Como resultado, Orígenes se convenció a sí mismo y convenció a sus seguidores de que debían ver un sentido más profundo más allá de las afirmaciones sencillas de la Escritura. Pronto se puso de moda ver varios niveles de sentido oculto detrás de cada pasaje, en particular en el Antiguo Testamento. El sentido sencillo y literal de la Escritura se dejó de lado en favor de interpretaciones simbólicas, figurativas, moralizantes y místicas.
Algo de esto penetró en la Iglesia occidental. Sin embargo, no fue la filosofía la que descarriló la interpretación. Fue la tradición. Los eclesiásticos, ocupados y agobiados, se apoyaron cada vez más en opiniones piadosas. Estas fueron recopiladas por autoridades eclesiásticas respetadas y transmitidas. La tradición se convirtió en derecho canónico una vez que la estabilidad política establecida por el Imperio romano se disolvió y el vacío resultante fue llenado por el desorden y la ignorancia de la Edad Media. En tiempos de Lutero, la Escritura se había convertido en prisionera de la Iglesia. La Iglesia medieval tenía sus enseñanzas tradicionales. Acudía a la Biblia para encontrar pruebas, en lugar de hacerlo al revés.
Lutero volvió los ojos de los creyentes a la autoridad de la Escritura misma. Solo la Biblia tenía el poder de explicarse a sí misma, afirmaba Lutero. El sentido sencillo de las palabras en su contexto debía tomarse en serio. Puesto que la verdadera Iglesia pertenecía a quienes se alimentaban de la Palabra y el Sacramento, Lutero esperaba que los corazones bien alimentados fueran guiados por el Espíritu Santo a confesar la verdad de manera correcta y sensata. Creía que los laicos armados con la Escritura eran más poderosos que papas y concilios. En todo sentido, Lutero condujo a quienes leían su Biblia de vuelta al Señor Jesucristo, no a la sabiduría humana ni a la tradición humana.
Donde estuvo Lutero, debemos estar nosotros. No debemos ir más allá de Lutero para forjar a martillazos la Escritura en una creación dogmática sistemática y armonizada a la fuerza. Eso desembocaría en un ortodoxismo muerto. Tampoco debemos permitir que un deseo piadoso de reformar a las personas y de imponer una comunión cristiana exteriormente mejor nos desvíe de la ardua tarea de examinar las palabras y el contexto de la Escritura. Eso sería un pietismo insípido. Tampoco debemos marchar al paso de los discípulos modernos de Orígenes. Ellos desmitologizan y diseccionan lo que Dios reveló hace mucho tiempo. En lugar de dar sentido a la Biblia, dejan vacía la Palabra. Tampoco debe considerarse la Escritura como una «supervivencia del más apto» en el ámbito religioso. La verdad de Dios no evolucionó a partir de garabatos primitivos e inconexos hasta convertirse en un tomo que todavía necesita redacción. Sobre todo, quienes somos herederos de una herencia confesional conservadora no debemos, al estilo medieval, seguir lo que dicen nuestros eclesiásticos, tengan razón o no, por estar demasiado ocupados, demasiado agobiados o por ser demasiado ignorantes.
La historia de la Iglesia puede darnos una muy buena razón para apreciar el lugar único que la profecía cumplida ocupa dentro del plan de Dios. Encontrar a Cristo en el Antiguo Testamento es ortodoxo. Sin embargo, toda una vida de búsquedas cuidadosas no nos dará paquetes dogmáticos ya envueltos. Encontrar a Cristo en el Antiguo Testamento requiere las habilidades de un buen intérprete histórico-exegético. Aun así, nuestro análisis más pulido no explicará la misteriosa obra del Espíritu, que derriba la razón y edifica la fe para la vida. Encontrar a Cristo revelado de manera coherente a lo largo de los 1500 años completos que separan al profeta Moisés del apóstol Juan hace prácticamente imposible elevar la sabiduría de un solo hombre o de una sola generación a la categoría de juez y jurado de la Escritura. Nuestro descubrimiento de Cristo en el Antiguo Testamento tampoco nos permitirá entronizar las tradiciones de la Iglesia visible y de sus eclesiásticos. El Señor Jesús es la última Palabra para la Iglesia, y no al revés.
En verdad, el Señor Jesucristo, tal como los profetas lo anticiparon y los apóstoles lo proclamaron, ¡es nuestro todo!
Notas
12 Pentecostés como aniversario de la entrega de los Diez Mandamientos forma parte de la tradición judía. Israel completó el viaje de Egipto al Sinaí en el tercer mes, «en el mismo día» (Ex 19:1). La Pascua tuvo lugar a mediados del primer mes, lo que deja dos semanas. A esas dos semanas se suman los 28 o 29 días del segundo mes. Luego, al «mismo día» con que comenzaba el tercer mes, se añaden tres días de preparación (Ex 19:15). Si la instalación del campamento previa a la preparación (Ex 19:2) llevó cuatro días más, el total entre la primera Pascua en Egipto y la entrega de los Diez Mandamientos habría sido de 50 días (14 + 29 + 4 + 3).
13 El historiador judío Josefo consideraba la fiesta de los Tabernáculos la más santa y la mayor de las fiestas hebreas, Antigüedades VIII, iv, 1. Jesús honró esta fiesta (Jn 7), que tenía más sacrificios que cualquier otra festividad (Nm 29).
El pastor Dr. John C. Lawrenz (1943–2024) comenzó su ministerio como pastor de la iglesia luterana Zion en Gainesville, Florida. Posteriormente fue presidente del Michigan Lutheran Seminary y del Dr. Martin Luther College, y profesor de Antiguo Testamento en el Wisconsin Lutheran Seminary. En la Universidad Brandeis obtuvo una maestría y un doctorado en lenguas extranjeras, y después un doctorado (PhD) en estudios mediterráneos. Concluyó su ministerio como presidente fundador de Asia Lutheran Seminary en Hong Kong, donde también enseñó. Participó en varias excavaciones arqueológicas importantes en Israel, viajó a Israel con sus estudiantes de hebreo y de Antiguo Testamento, pasó períodos sabáticos en diversos campos de las misiones mundiales y fue un conferenciante muy apreciado en toda la Conferencia Evangélica Luterana Confesional (CELC). El Dr. Lawrenz fue llamado a la gloria celestial el 22 de septiembre de 2024.
Las citas bíblicas se toman de la versión Reina-Valera 1960 (RVR1960).

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